Hechizo, José Castro Urioste

Hechizo, José Castro Urioste

Hechizo, José Castro Urioste
Hechizo, José Castro Urioste
Editorial: RED.[publica]>book
Género literario: cuentos
Disponibilidad: Formato digital, ebook
Precio $6.95
 
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Una muestra del ebook
(en formato epub)


 

José Castro Urioste ha escrito en este volumen de cuentos el estado tenso de la situación inminente, no propiamente el acontecer narrativo que interesa a la mayoría de cuentistas, aunque de él se valga para extremar la tensión que destaca. Sus relatos moran —demoran— en la asimilación del instante, esto es, en la comprensión que hace el protagonista —y entonces el lector— de la densidad del momento crítico de su historia. O se detienen ahí precisamente, en el vislumbre del estado duro de una catástrofe personal y la insoportable sensación de infinitud de lo finito: la captación psicológica de una fatalidad. Para decirlo à la Bergson, Castro Urioste ha escrito la durée de las crisis individuales. Así, sus relatos se empeñan en el tiempo vivido por la consciencia, o tiempo concreto, no en los meandros de su devenir, ni mucho menos en su abstracta cronometría, aunque éstos no les sean ajenos........(parte de la prefacción del libro de Raúl Bueno)

 

Fragmento de un cuento:

Sasha

             Esta historia me fue contada en Oak Park, el barrio del viejo Hemingway y del arquitecto Frank Lloyd Wright, en el que me tocó vivir por razones del azar. Se la escuché a Sasha, mi mujer de aquel entonces. Todavía en esos años –me re!ero a !nes de la década de los noventa- y seguro que hoy en día también, ella solía decir que era de Yugoslavia. Antes que la guerra empezara y destrozara a ese país, Sasha vivía en Mostar, una ciudad pequeña y placentera de Herzegovina. La vida era buena –me contaba- y parecía que siempre sería de ese modo. Ella y su hermana menor iban a la escuela, jugaban tenis, nadaban en la piscina del barrio. Sus padres, él ortodoxo y ella católica, trabajaban sin que les fuera la vida en el trabajo. A los veinticinco años su padre había construido una casa lo su!cientemente amplia para que fuera un nido para su familia. En Mostar –me seguía contando Sasha, mientras bebía un café o preparaba pulpo en aceite de oliva en mi departamento de Oak Park- todas las religiones se podían vivir sin agredir a nadie. Sus padres eran un ejemplo de eso. Jelena era la mejor amiga de Sasha cuando era niña. Su familia era croata pero había llegado hacía más de una década a Mostar. A ratos, Sasha parecía vivir en casa de Jelena, y a ratos, Jelena parecía vivir en casa de Sasha. Cuando la guerra empezó y las tensiones se encrisparon entre serbios y croatas, Sasha y Jelena juraron no separarse nunca, y si el destino las obligaba a hacerlo seguirían unidas en sus corazones. Fue la tarde en que intercambiaron dos rosas blancas.

Sasha y su hermana menor estaban jugando tenis cuando cayó una granada cerca de la red, y el proyectil quedó casi equidistante entre las dos muchachas. Permanecieron paralizadas, mirando ese objeto negro cerca de la red, esperando. La granada no explotó. Pero fue su!ciente aviso para su padre. Esa misma tarde les ordenó a su mujer y a sus hijas que hicieran las maletas y dos horas después abandonaron la casa de laque él se sentía tan orgulloso, abandonaron Mostar, abandonaron Herzegovina. Sasha, de doce años ya, abandonó a Jelena si poder decirle adiós.

Viajaron por medio de Rumania, Hungría, Austria. Todavía recodaba Sasha unas calles oscuras en Budapest a las que entraron por casualidad, y cuyas esquinas estaban repletas prostitutas. Las mujeres no escatimaban en insinuársele a su padre cada vez que sobreparaba el carro en un semáforo. Fue Alemania, !nalmente, el país que los acogió. Vivieron un en barrio en las afueras de Berlín. Sasha y su hermana aprendieron alemán en menos de tres meses y se convirtieron en los traductores de sus padres. Su padre, un economista graduado, trabajó en más de una fábrica haciendo labores físicas, y su madre hacía tareas de costura. En esos años la mayoría de sus amigos fueron turcos y árabes. Alemania le gustó. Allí ella fumó su primer cigarrillo (cuando conocí a Sasha era una fumadora empedernida), allí recibió su primer beso y me imagino que allí hizo el amor por primera vez. Alemania se convirtió en su casa.

Sin embargo, siempre recordaba los pétalos de la rosa blanca de Mostar.

Cuando empezó a aprender sobre el Internet (ya tendría unos quince años y ella, curiosamente, era un tanto reacia a la tecnología), se le ocurrió, a través de ese medio, buscar un rastro de Jelena. Hizo varios intentos que fracasaron. Jelena parecía no estar en ese mundo electrónico, y quién sabe dónde estaría. Una noche –me confesó- sintió un impulso irracional de sentarse en la computadora y proseguir con la búsqueda. Sus padres dormían y ella trataba con todos los buscadores posibles. De pronto, encontró una dirección. Sí, podía ser Jelena, o tal vez un homónimo. Pero envió un mensaje como si lanzara una botella al océano.
No hubo respuesta al otro día. Tampoco al siguiente, ni al siguiente.
Pasó casi una semana cuando llegó un mensaje que era una contestación al suyo. Sasha lo abrió con todas las ganas alborotadas del mundo...............

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